BENITO GONZÁLEZ GARCÍA

Nuestro socio, Benito González García, resultó finalista en el certamen de relato y poesía que convoca el programa "Paseando por el bulevar", dirigido por Isaura Díez Figueiredo en Radio Oasis Salamanca.
El Visionario llanto de las Montañas
Corría el siglo XVI en las tenebrosas tierras de los pueblos germanos, lucía el sol en lo alto de las montañas, disipando con su brillo las nubes que encarcelan los besos que la noche oculta a los testigos del nuevo día.
Marc viajaba a lomos de su corcel, escuchando en su mente el despertar del amanecer a través de alguna vieja canción de los trovadores de Nürnberg, los pájaros en su alborotado saludo al nuevo día inundaban toda la atmósfera de armoniosos ritmos cuyos fugitivos ecos de voz encerraban cadencias amorosas y su imaginación volaba al encuentro del ultimo beso con su gran amor.
Ella había conseguido envejecer el ron que había quemado hasta entonces su garganta, las espinas que aliviaban su dolor se habían marchitado. Respiraba hondo, la vida se expandía de nuevo ante su inquieta mirada, era feliz….un ser maravilloso le esperaba, Karin.
El amor hacia esa mujer había dado forma a un nuevo pensamiento, lleno de magia, convirtiéndola en musa en el misterioso santuario de su fantasía.
Y… recordó el lecho de amor, en cuya indescriptible confusión de caricias, la ternura se elevaba en espacios donde solo los versos tienen cabida, en aquel mundo de actividades secretas, intimas, placenteras estaba el cielo de su eterno deseo, y pensó: “¡Ay, amor, que bello pensamiento eres!, ¡bella y dulce melancolía que inundas mi mente de su imagen divina, a ella, diosa de mi corazón va mi torpe amar, pero aun cuando el cielo bañe de un gris oscuro la luz de mi mirada, aun cuando los negros hábitos de los oscuros monjes de las tinieblas me hablen de purificación, yo deseo, amada, morir, sintiendo el latido de tu pecho cubrir mis sentidos y apreciar las pupilas que adornan los ojos del único reino que deseo…tu amor!”
Marc, levanto la vista, la montaña majestuosa le miraba desde lo alto, apreciando cuánta ternura habitaba en aquel corazón, sopló el viento desde las cimas esparciendo por el verde valle los gérmenes, que se estremecen ante el amor preñando de frutos y flores la nueva primavera. Marc, sonrió feliz, ella le estaba esperando, el día había sido duro, volvía del mercado de Würzburg eterna ciudad romántica, dos días lejos de ella, más la bolsa volvía llena y llevaba para su amada como obsequio las flores del camino, la suavidad de las telas de oriente, el relato de cien anécdotas con las que compartir las horas del silencio nocturno.
Desde niña había sufrido el desprecio y las burlas de las gentes por su escasa estatura, tantas veces sintió avergonzarse por su físico que en su interior se agitaban odiosas y deformes las crueles bestias de la ira, hasta que un día apareció él, venia de los valles Prusianos, en el poblado se divertían por no ser como los demás hombres. Un atardecer se conocieron, al caer el sol se encontraron junto al viejo Rhin, se miraron, sonrieron, él le dio su mano, ella su corazón, sonó de la garganta de Marc un “llevo toda la vida esperándote” y la luna desde lo alto los vio llorar por aquel primer beso de amor, tal fue el deseo que arrebataron al vendaval de los sentidos toda la pasión.
Una sonrisa iluminó el rostro del hombre, que continuó el camino de regreso, navegando en su imaginación por instantes llenos de ternura, a través de caricias que erizaban su recuerdo, ¡Karin,… Karin….! Repetía sin cesar, mientras su corazón se inundaba de sensaciones maravillosas a través del nombre de su amada. Pronto llegaría a su lado y la volvería a tener en sus brazos para entregarle todo su amor. Sonrió feliz, volvió los ojos de nuevo hacia su amiga la montaña y le pareció oírla llorar.
Marc casi se emociona e inhalando profundamente y ensanchando sus pulmones gritó al aire “Yo…también os quiero”. Ensimismado en sus pensamientos se adentro en el profundo bosque de los abedules y cuando su pensamiento más elevado era, surgió por debajo de una rama el silbido de una hoja afilada que al acercarse hacia él corto el viento, no tuvo tiempo a esquivarla, noto un profundo golpe, sintiéndose caer hacia el suelo, notando una profunda sequedad en la garganta, mientras oía en su caída, “¡ya esta, quitarle la bolsa al enano!” Marc golpeo el suelo con la cabeza, aturdido por lo que le estaba pasando, intento ver que había ocurrido y apreció a su corcel con un cuerpo sin cabeza sobre sus lomos, abrió los ojos todo lo que pudo antes de intentar emitir un grito desgarrador y agónico, después la oscuridad nubló aquel maravilloso día. El aire lloró amargamente con tal profunda desesperación que impulsó a las brillantes fuerzas de los vientos para que elevaran en su regazo los perfúmenes que manan de la tristeza, las montañas azotaron con fuerza los huracanes para que alzaran con la delicadeza de una caricia, suavemente, el cuerpo de Marc cruzando la noche eterna, y fue llevado sobre las olas negras que emergen entre las sombras y los acantilados inundados de llantos, hasta la cabaña con su amada.
La primavera se nubló, los cielos encapotados en desespero vaciaron de sensaciones los amaneceres, las montañas aturdidas se agitaron en su interior creando profundos y tenebrosos pasadizos.
Horas después, dos cuerpos sin vida, amarrados de las manos, formaban un único y eterno corazón.
De la inmensa ternura de la madre naturaleza surgió el deseo que de aquellas dos almas brotara como beso póstumo, el dulce sonido de la lluvia al caer sobre los arroyos que descienden del valle y de aquella fértil ladera surgirían los seres maravillosos y traviesos que llenan de fantasía los bosques europeos… los gnomos.
Desde entonces… cuando la primavera baña de eternos colores las tierra bávaras, se aprecian dos siluetas, pequeñas, diminutas casi, diríase que imperceptibles, bailar con el viento en el llamado Valle del Amor, y en los anocheceres de luna llena se escucha cantar a las montañas la canción de Marc y Karin, por aquel profundo dolor.
Benito Gonzalez