Encuentro Literario con Javier Pérez Walias

Javier Pérez Walias  (Plasencia, 1960) es autor, entre otros, de los libros de poemas: Los días imposibles (Tres figuraciones) (2005), Cazador de lunas (Seis aguafuertes de Juan Carlos Mestre con ocasión de Cazador de lunas de Javier Pérez Walias) (2007), Largueza del instante (2009), Premio de la XVII Bienal de Poesía «Provincia de León», Arrojar piedras (2011) y Al Qarafa (2014).



Una amplia muestra de su poesía ha sido recogida en Otrora. Antología poética 1988-2014) (2014), con selección y prólogo del poeta, crítico y traductor Eduardo Moga.
Ha colaborado en revistas especializadas como El Maquinista de la Generación, Turia, Cuadernos del Matemático o Quimera, y en ediciones especiales y catálogos con los artistas plásticos Rafael Carralero, Juan Carlos Mestre, Javier Roz y Javier Alcaíns.



GREYFRIARS
Bobby murió el 14 de enero de 1872, a los 16 años.
[Edimburgo: 19-8-2011: 21:43: hora a la que se pone el sol]

La muerte es un carcelero azul, un instante feliz sobre la hierba, el crepúsculo
del sábado.
La luz se descuelga madura por los hilos de la tarde. En este lugar la vida no
ladra ante la muerte. Aguarda fiel junto a su amo, junto a la brújula
líquida de los días
que se decanta como el trinar de los pájaros,
como un ladrido sereno.
La muerte habita este lugar, te acaricia, te lame. Es un animal doméstico.
Este jardín tiene árboles, huesos, estancias bajo la tierra, panteones, salas para
tomar el té,
tiene ojos que soñaron.
Incluso una cárcel prohibida, un guardián infame apodado el sangriento y un
fantasma.
Tiene este jardín un paseo tortuoso para los vivos. Aquí hay raíces que
respiran por los resquicios de un mar de hojas
bajo el cielo.
En la oquedad de la luz la esencia de la tierra resucita lenta. El llanto de la
vida es recuerdo amable de la muerte:
los árboles sufren del mal de los caídos en otoño.
Va cubriéndose el cielo en un aleteo lento de lluvia y las gotas en cada huella
que trazamos
germinan desde lo profundo de la tierra.
La vida es un carcelero azul, un eterno corredor frondoso, un instante feliz
sobre la hierba.

EXPI[R]ACIÓN

Poco antes de morir me dijo:
Es hora de saborear el frío del invierno en nuestras bocas, de acariciar la
transparencia nevada del cristal con la punta de nuestras lenguas.
Es hora de escribirle el último poema a algún rezagado de la vida.
Es hora de cerrar la puerta con siete cerrojos de silencio, con un punto y
aparte de nuestra ausencia.
Es hora de poner una flor en agua bendita detrás de la última vocal acentuada.
Es hora de embarcarnos hacia las islas de poniente.
Es hora de ordenar las mareas azules, las huellas que dejaron nuestros dedos
sobre el alma envenenada de los vasos.
Es hora de buscar la luz entre las cosas y tus labios.
Es hora de arrojar por la borda el equipaje.
Es hora de irnos
con lo puesto.


EL NIÑO QUE PERDIÓ SU INFANCIA

Tengo 12 años y un látigo cargado en cada mano. Odio mi corta infancia de
niño muerto.
Los muertos siempre acaban amando su cruz, su mar, su calvario.
Yo no quiero amar mi cruz ni mi calvario.
Mientras el camino se estrecha, hay una escalera de aire húmedo que me lleva
hasta la muerte.
Atrás quedó el rumor del agua, el golpear de los barcos de papel contra las
rocas,
atrás quedó la áspera melodía de unas manos ante el dolor
de no ser acariciadas.
Odio mi corta infancia de niño muerto.
Odio los templos, las lonjas, los arcos de triunfo, las fustas sobre los
animales. Odio a los mercaderes.
Odio cualquier derramamiento de monedas para el perdón de los pecados.
Odio al padre.