
Otras obras del autor son Tetraedro (1978), Libro de amor para Salónica (1981), Repaso de un tiempo inmóvil (1982), Lectura de la noche (1993) y Tejedora del azar (Poemas exentos) (1995). Su última publicación, "Un único día", quiere ser, en palabras del autor, su obra definitiva. Las 920 páginas de los dos volúmenes que componen esta edición, recogen la selección y la reescritura de toda la obra de Tundidor como él quiere que sea leída. Cada uno de los dos volúmenes en los que está dividida la edición se corresponden con las dos etapas creativas de su autor a lo largo de su vida.

PREMIOS
Premios al reconocimiento de su obra
- Premio "San Juan de Baños, 1997", como reconocimiento a su Obra Poética.Valladolid 1997".
- Premio de la Academia Castellano-leonesa de Poesía 1999, por su trayectoria poética.
- Premio "León Felipe, 2000", por el valor humano de su poesía en la que conviven los valores étcos y estéticos.
- Premio de la Asociación Madrileña de Críticos 2006, al mejor libro de Ediciones sobre Arte al poema Fiesa sobre lo azul de J.H.T. y aguafuentes de Francisco Arjona.
Estamos —ha escrito el crítico y poeta Villagrasa— ante un poeta de raza, uno de los más representativos de la lengua española actual, un todo terreno, capaz del mayor simbolismo y de la ácida y certera finura popular.
La obra de Jesús Hilario Tundidor se construye en una producción de eficacia creadora, renovada constantemente en una exigencia de responsabilidad en la palabra, que le ha llevado a la aportación al mundo de nuestra poesía de un pensamiento y una forma original y múltiple dentro de una concepción introspectiva de la realidad. Inteligencia, se- lección, intuición y lenguaje conforman sus poemas que quieren acercarnos a su mundo más permanente y valedero.
La emoción en la reflexividad sentimental, ante el acontecimiento poético, caracteriza la fuerte pasión de una visión particular y de una producción única en intensidad y experiencia múltiple que convierten, cada poema, en una entrega generosa de amor a la vida, a pesar del concepto trágico shakesperiano con que, a veces, se interpreta el desarrollo introspectivo de lo real. Esto hace de su poética una singular perspectiva poética que aúna innovación con clasicismo, pesimismo con esperanza y vitalidad y amor a la vida, con la aceptada desolación que define el corazón del hombre como suceso de conocimiento y de emocionalidad.
Adiós los ríos que se van
La obra de Jesús Hilario Tundidor se construye en una producción de eficacia creadora, renovada constantemente en una exigencia de responsabilidad en la palabra, que le ha llevado a la aportación al mundo de nuestra poesía de un pensamiento y una forma original y múltiple dentro de una concepción introspectiva de la realidad. Inteligencia, se- lección, intuición y lenguaje conforman sus poemas que quieren acercarnos a su mundo más permanente y valedero.
La emoción en la reflexividad sentimental, ante el acontecimiento poético, caracteriza la fuerte pasión de una visión particular y de una producción única en intensidad y experiencia múltiple que convierten, cada poema, en una entrega generosa de amor a la vida, a pesar del concepto trágico shakesperiano con que, a veces, se interpreta el desarrollo introspectivo de lo real. Esto hace de su poética una singular perspectiva poética que aúna innovación con clasicismo, pesimismo con esperanza y vitalidad y amor a la vida, con la aceptada desolación que define el corazón del hombre como suceso de conocimiento y de emocionalidad.
Fe más
alta
Si
regresara ahora
a
la ciudad aquella donde un tiempo creciese
¿
cómo encontrar lo mismo
la
vida, cómo hallar la niñez, el río, el puente
aquel
del miedo, el agua
de
la desesperanza? ¿Acaso permanece
igual
que en la clausura del recuerdo
la
vida allí, si no parada, hermosa? Fuese
niño
por cada calle, como entonces,
y
quien oiría mi canción, qué gente
me
cediera el oído, tal vez la mano para
levantar
tanta muerte?
¿Cómo
reconocer en cada piedra
de
sillería, en cada plaza, en cada torre verde
de
cielo y musgo lo que fue perdido, ganado
tan
generosamente
solo?
Hubiese deseado no estar dentro
ni
tener juventud y que ahora fuese
uno
más que se acerca y se acostumbra,
hace
amistades, bebe
vino
de herrero y buena viña pura,
pero
no pisa sufrimiento, siente
pena,
oye
dolor.
Hubiese
preferido
también no alzar el ala
de
tordo hacia el trigal de mi simiente,
no
haber cambiado de camisa como
culebra
jornalera. E iría en paz, de frente
lo
mismo que la almena baja al río,
sin
corazón y en paz…
Sé
que no puede
suceder
esto, que no todo es en vano
lo
que uno en el espacio gana y pierde.
Ligeramente
triste
escribí
estas palabras, puras si dolorosas, fuertes
si
solitarias, acaso repudiando
tanta
mentira, tantas verdades inclementes.
¿Qué
iba a encontrar
en
esta época sorda, en esta oscura fiebre
de
la desesperanza? Limpio
volvería
a vivir si lo pudiese.
Sé
que
es inútil, siempre
poco
sirvió habitar en la memoria,
ni
vuelve el tiempo ni el retorno tiene
cabida
en lo vivido. Pero si yo volviese
a
mi ciudad, aquella
ciudad
mía de tejas hondas y silente
alma,
no fuera
un
hombre quien entrase, fuera un niño, un niño que aparece
de
pronto en una calle con álamos y escudos,
y
calla, se sorprende
de
estar allí, y escucha a ver la vida, y quiere
que
todo siga igual y mira el río.
La
tierra que más amo
Esta
tierra inmortal, tierra del vino,
tierra
del pan, tierra de Campos sola,
otero
arriba el mar, la mar, la ola
del
cielo azul inmenso sobre el pino.
Otro
sueño aún mayor te lleva el sino
y
donde el trigo es oro es desconsola
la
muerte y es doncella la amapola
enamorada
por el sol y el trino.
Barcos
de luz y pérgolas de azada
navegan
el levante de la aurora
tan
silenciosamente acompañada.
Y
Antonio y Juan de Yepes y Teresa
bajan
de Dios y escriben en la prora
el
verso blanco de la luz ilesa.
Adiós los ríos que se van
Adiós
los ríos que se van,
las
aguas que en canción de madre alzada
llevan
hacia otra luz, hacia otros aires,
las
vísperas antiguas de las zudas.
Adiós
los ríos que se van, las sombras
perdidas
en los árboles trenzados,
la
soledad de las riberas pobres,
el
hondo desaliento de los juncos.
Yo
quisiera contar cómo se queda
el
ojo estrangulado de los puentes,
las
ciudades que socorre el agua,
la
lavandera del amor y el verde
pasar
del aluvión en la crecida.
Pero
el silencio lo contagia el río
y
solo ya y sin calles,
triste
de amor y viejo de andadura,
he
salido a la aceña con el alba
en
la frente a ras del sueño
y abro el día y digo
como
un envite de la muerte eterna:
Adiós
los ríos que se van, bien hayan…
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