Me gusta Álvaro Alves de Faria con todas sus rarezas, pero con toda su coherencia y toda su poesía cargada de ese dolor que la vida imprime en el alma de los seres sensibles. Me gusta Álvaro y toda su inocencia cuando hablamos, toda su dulzura, su inconformismo y rebeldía, y su necesidad de seguir luchando contra la fría y absurda realidad y contra sí mismo a pesar de su edad.
Como él afirma, su poesía y su vida son inseparables, y eso también me gusta, porque creo firmemente que ser poeta implica una actitud especial ante la vida, un inconformismo con lo dado, una forma de mirar más allá de lo asumido, una pasión y necesidad casi enfermiza de vivir en la creencia de que las palabras, la ternura, la solidaridad y el compromiso salvan y la poesía es un arma que intenta compartir con los otros esa necesidad.
Me apasiona traducirlo, es como si me tradujera a mí misma, es como dar expresión a una parte de mí con la belleza y singularidad del otro. Así que, cuando Álvaro Alves de Faria me envió, todavía sin terminar, este libro se me hizo imposible no traducirlo.
Y traducir o reescribir o desescribir o desreescribir, es un ejercicio de intuición y conocimiento enriquecedor y apasionante, no sólo de una lengua sino de una poesía que transmite una manera cercana y compartida de entender el mundo y la palabra.
Una vez más, Álvaro Alves de Faria ha creado una pequeña gran obra que no necesita ser explicada, sólo disfrutada y compartida como se merece.
Montserrat Villar González


